Reflexión del cenote
“En el vientre sagrado del cenote, el agua helada me sostuvo como si regresara al origen.”
Hace algunos días comenzó la primavera, y con ella también llegó el calor. En estas tierras sagradas en las que habito, tuve el privilegio de visitar un cenote, y ahí, inmersa en el silencio, encontré algo profundamente maternal en su luz intermitente, en sus claroscuros, en esa mezcla de silencio y ecos que parecían venir desde muy dentro de la tierra, como si el tiempo hablara en un idioma antiguo que el alma sí recuerda.
Mientras flotaba, sintiéndome tan diminuta en esa inmensidad y a la vez tan parte del todo, observaba el reflejo de los árboles danzar con el viento, y las nubes disipaban el calor del sol, opacando su luz por momentos y haciéndose presentes.
El cenote me obsequió una gran lección en esa inmensidad helada.
Cuando el sol salía, su calor me envolvía de forma suave, amorosa, amable. Toda sensación de frío se volvía más ligera, más llevadera, y la belleza del lugar era obvia. Los reflejos de los árboles en el agua se difuminaban sutilmente; había más distracción porque todo se veía hermoso, todo irradiaba a mi alrededor. La belleza era evidente para los ojos de quien mirara: no necesitaba observarse con profundidad, estaba ahí, evidente, disponible, cómoda.
Pero cuando el sol se escondía entre las nubes, cuando el cenote se inundaba de sombra y frescura, cuando las nubes decidían opacar al sol y su oscuridad era más fuerte que su calor, dentro del agua, el frío se volvía intenso, crudo, casi insoportable para mí, ahí, justo ahí, el reflejo en el agua de todo a mi alrededor se volvía más nítido.
Los árboles en la superficie, el cielo, las sombras… todo era más claro, más profundo, más preciso. Podía verlo todo con una nitidez impresionante. Todo aquello que ya estaba ahí, pero a lo que no había prestado atención por enfocarme únicamente en lo obviamente bello, en lo cómodo, en lo fácil.
Y entonces lo entendí.
Entendí que a veces es ahí, en la incomodidad, donde la vida se nos revela con mayor intensidad, con mayor claridad, con mayor verdad. Que el frío, las nubes, la sombra y todo aquello que nos reta no llega para castigarnos, sino para mostrarnos con claridad lo que ya habita dentro de nosotros, para ayudarnos a ver más allá de la superficie.
La belleza no solo habita en lo luminoso, en lo cálido, en lo fácil. La belleza también vive en lo profundo, en lo intenso, en lo incómodo, en aquello que nos invita a quedarnos incluso cuando queremos salir corriendo.
Y muchas veces, es justo en esos momentos —cuando la vida se nubla, cuando el camino se enfría, cuando no entendemos nada— donde realmente logramos ver.
Porque a veces, para ver con claridad, primero tenemos que aprender a mirar en la sombra.
De mi latido al tuyo,