¿A dónde va el amor que no tiene a dónde de ir?

“El amor no es algo que hayamos inventado. Es observable, poderoso… Tal vez signifique algo más, algo que aún no podemos entender.
Tal vez sea evidencia…..de una dimensión superior que no podemos percibir conscientemente. El amor es la única cosa que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y el espacio. Tal vez deberíamos confiar en eso, aunque no podamos entenderlo.”
-Amelia Brand, Interestellar

Aún en este mes del amor, me encuentro regresando a una pregunta que me ha acompañado muchas noches:

¿A dónde va el amor que no se termina de ir?

Y no hablo únicamente del amor romántico o de pareja. Hablo también del amor entre amigos, del amor familiar, de esos lazos que en algún momento fueron cercanos y significativos, pero que, por caminos distintos, desacuerdos, distancia, muerte o simplemente por el paso del tiempo, dejaron de existir como los conocíamos.

Desde la lógica es fácil entender que hay lazos que se terminan, vínculos que cambian, personas que son pasajeras en nuestra vida.

Pero… ¿qué pasa con el amor?

A veces ese no se va.
Se queda… y no siempre tiene a dónde ir.

No sabemos dónde acomodarlo. Deja de tener un espacio claro y, sin embargo, sigue ahí, sin que podamos nombrarlo del todo.

Hay lazos que terminan y dejan una sensación extraña. Quedan suspendidas en un lugar ambiguo, casi intangible, donde ya no hay presencia física, pero tampoco ausencia completa.

El amor sigue ahí, intacto.

Se queda en medio del corazón, escondido como un polizón en un barco, habitando espacios pequeños, tratando de pasar desapercibido. Aparece en pensamientos fugaces, sin hacer ruido, pero presente.

Se queda el amor por alguien que solías conocer y que ahora se siente lejano.

Y me inunda la gratitud. Gratitud por recordarme la profundidad con la que somos capaces de amar los humanos; la capacidad que tenemos de abrir el corazón, de conectar, de entregarnos. De sentirnos correspondidos.

Y tal vez ahí está todo el sentido.

Hay amores que no trascienden en la forma que esperábamos…pero nos transforman, se transforman.

Se vuelven memoria, parte de quienes somos,
Se vuelven una huella invisible que nos acompañara por siempre.

Vivimos lazos tan intensos, tan reales, tan profundos… que haberlos vivido ya es, en sí mismo, una fortuna.

Y aunque ya no estén, el amor que alguna vez sentimos sigue latiendo en nosotros. Y ese latido nos recuerda que, por el simple hecho de haber amado así, estamos vivos.

No todo el amor necesita un título. A veces simplemente es perceptible, poderoso.

Se vuelve parte de nuestra luz. Y como toda luz, también proyecta sombras y formas que no siempre vemos, pero que permanecen ahí.

Nos acompaña en silencio.
Aparece en momentos íntimos, muy nuestros.

Recordándonos que algo existió…
y que, de alguna forma, sigue existiendo
.

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